EXITOMANÍA

Por ELBACÉ RESTREPO El Colombiano 3 de marzo de 2013
El diccionario define competitividad como la capacidad de competir para conseguir un fin. El ser humano es competitivo por naturaleza. De niños competíamos por ganar un juego de pelota; de adolescentes, por una mirada, al menos, de aquel mono de gafitas que tanto nos gustaba, aunque él miraba insistentemente a la vecina.

De adultos… Bueno, cada quien tendrá su propio catálogo de competencias en las que ha participado a lo largo de la vida.

Pero la competencia, que debería ser entendida siempre como un elemento de motivación para crecer, en ocasiones se desvía y toma una curva peligrosa. En nuestro afán por sentirnos en la cima del mundo, ser buenos en lo que hacemos ya no basta. Hay que ser los mejores.

Ser los mejores, a su vez, se ha convertido en un premio de consolación. La meta es el Éxito, (con mayúscula porque es punto de llegada, tan importante que amerita nombre propio), un destino obligatorio en una carrera loca que nos deja sin aliento. No hay lugar al paso a paso.

Enfocarse hacia el éxito no es malo por sí. Pero cuando se confunde con poder adquisitivo y tenemos que comprar de todo al mismo tiempo, la emoción se convierte en agobio, con asistencia financiera. El único requisito para tener una tarjeta de crédito, una especie de venganza de los bancos, es abrir una cuenta, así sea de nómina, que sólo se use para hacer retiros dos veces al mes. Vamos a mil, reventados de deudas, para demostrarle a un mundo que no le importa, lo competitivos que somos. ¡Peligro…

En mi época, tampoco tan prehistórica, íbamos a la escuela pública. La recreación corría por cuenta de la calle, ayudada de una pelota, una Monareta y los zaguanes de las casas, que nos servían de guarida para un escondidijo de tres horas. No había centros comerciales, se comía en casa y para aspirar a un radio chiquitico, máximo juguete tecnológico, había que hacer muchos méritos, cumplir años o esperar que llegara un Niño Jesús muy generoso. Los complejos también eran escasos.

Hoy es obligación cambiar el carro cada año; comprar casa y finca; hacer especialización, maestría y doctorado; vivir a la moda y tener todos los aparatos de última generación. El fogón no se prende ni para hervir un agua y quedarse un sábado en la casa es tan frustrante como detestable.

Desde antes de nacer los niños están matriculados en clases de estimulación; van al jardín a los tres meses; tienen cita con el pediatra cada quince días y con la nutricionista cada treinta. Antes del año inician su historia odontológica. El tratamiento psicológico puede tardar unos tres años, con suerte. Hay que comprar acciones en un colegio bilingüe para cuando cumplan cuatro y para entonces, ya están cansados de ir a Disneylandia, no sea que se sientan inferiores a sus amigos del colegio. Y no pueden faltar las actividades extracurriculares: otro idioma, natación, bicicrós, plastilina, hapkido, pintura y gastronomía. Padecemos exitomanía. En el afán de llegar al éxito se le rinde culto al crédito y se bendice el sobregiro, mientras se nos escurre el alma y olvidamos lo esencial: el ser sigue siendo valioso por lo que es. Lo que tenga no deja de ser un accesorio.

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