LA CARTA QUE NUNCA ENVIE

Era un día común y corriente. Juan, pastor de la iglesia cercana, se encontraba de visita en el hospital. Visitaba y asistía a varios enfermos, a los que les compartía la bondad y el amor de Dios. El enfermo de la pieza No. 14, quizá no resistiría un día más, según le informó el doctor González.

Aquel muchacho con no más de 25 años, solo y sin ningún documento de identidad, se encontraba a punto de morir.

¿Las causas?

Su cuerpo había colapsado.

Había sucumbido a las drogas, a la sífilis y a la desnutrición.

Prácticamente era un desecho humano.

No había mucho que hacer por él.

Otra cosa de pronto pensó aquel viejo pastor.

Quizá aun podría compartirle un poco de esperanza.

Tal vez hasta podría ayudarle a bien morir.

Lentamente se acercó hasta su lecho de enfermo y con palabras muy suaves le preguntó.

¡Hola hijo! ¿Puedo ayudarte en algo?

Aquel moribundo no tenía alientos para desear nada, sin embargo, con voz muy queda preguntó.

¿Podría hacerme un favor?

<El que sea, siempre y cuando esté a mi alcance.

Deseo que escriba una carta…

< ¿Para quién?

Usted escriba…

¿Está listo?…

>Sí, ¡Estoy listo!
¡Hola papá!

Se me acabó el tiempo.

Se que nunca recibirás esta carta, pero quiero morir sabiendo que la dejé escrita.

Quiero contarte papito, que desde aquel día que me marché de casa, fui por ahí cayendo de tumbo en tumbo, de vicio en vicio, de problema en problema.

Quiero que sepas que aquel día mientras me alejaba, le suplique a ese Dios del que tanto me hablaste, que me llamaras, que me detuvieras, que no me dejaras ir.

Me fui despacio pensando que lo harías, pero pudo más nuestro entupido orgullo, y por mi supuesto código de honor, no volví la cara, para demostrarte que era muy hombre.

Como dolió papito.

Sentí que ese corazón rebelde que tenía en este pecho, se iba a explotar en mil pedazos

Un nudo en mi garganta me impidió gritar y pedir perdón.

Se que te ofendí.

Te grité.

Te trate muy mal.

Fui muy injusto contigo.

Hoy quiero que sepas papá, que nunca te dejé de amar.

Si nunca regresé, fue porque me dejé envolver del mundo.

Me intoxicaba cada día, alimentando mi resentimiento.

No contra ti, sino contra la vida. Esa vida que no entendía.

Sé que les hice mucho daño, no solo a ti, sino a mamá y a mis hermanas.

Se que no lo merezco, pero quiero que me perdones.

No quisiera morir llevando toda esta pena acumulada.

Esta oscuro…siento mucho frío…

¿Puede leerme la carta por favor?
La cara de aquel pastor estaba inundada por las lágrimas.

Su cuerpo se estremecía, mientras doblaba aquel papel y lo guardaba dentro de su vieja Biblia.

Lentamente introdujo su mano en un bolsillo de su chaqueta y extrajo un papel el cual empezó a leer con una voz entrecortada por la pena.
¡Querido hijo!

No se si algún dia tengas la oportunidad de leer esta carta, pero no quiero morirme sin dejarla escrita.

Quiero que sepas que desde el mismo día que te marchaste de casa, mi vida se apagó.

Ese día no solo perdí un hijo, sino mis ansias de vivir, mi razón de existir.

Quiero decirte que te subestimé.

No creí que te marcharías de veras.

Pensé que simplemente se trataba de una más de tus rabietas, y que al caer la tarde regresarías.

No sabes lo que sentí aquella noche cuando no regresaste.

Duré no se cuantos días esperándote sentado en el bordo de tu cama.

No conciliaba dormir, máxime cuando la salud de tu mamá comenzó a empeorar.

Pensé tantas cosas, pero algo me decía que debía conservar la esperanza.

¡Te amo hijo! Donde quiera que estés, quiero que sepas que siempre te amé.

Que mi corazón se mantiene vivo, solo alimentado por la ilusión de volverte a ver, de estrecharte entre mis brazos y decirte que me perdones.

No debí dejarte ir.

Debí detenerte, castigarte por la falta y encerrarte en tu cuarto.

Así habríamos tenido otra oportunidad de reconciliarnos más tarde.

Pero no lo hice.

Te dejé partir, y hoy me arrepiento.

Si aun vivo, fue porque Dios en su infinita misericordia, me sacó del lugar oscuro en el que me había sumergido, y me hizo pastor; para llevarle un poco de consuelo a los afligidos.

¡Hijo! ¡Perdóname!…
Aquel muchacho ya no escuchaba más…

Se había ido, pero en su cara se reflejaba una mueca de infinita paz, y una tenue sonrisa se dibujó en aquella pálida y sufrida faz, de aquel misterioso moribundo.

FIN

Euclides Montes Velásquez
Londres Inglaterra

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